lunes, 26 de septiembre de 2011

_ El último trago.


1994. Un día primaveral se enterró el cuerpo del escritor, que llevaba dos años luchando contra una leucemia que le había apartado de los bares aunque no de la escritura. Pulp, su última novela, apareció un mes antes de que el corazón frenara en su casa de San Pedro, California, que había comprado con Linda, su segunda esposa. Allí estaba ella con ropas hippies, junto a su hija Marina. “La primera palabra que aprendí de bebé fue licor”, recordó ella, mientras las paletadas de tierra, como latidos de una máquina de escribir, cubrían el féretro de su padre.
También había escritores, poetas, editores, traductores y amantes. Pero la mayoría de aquel centenar de personas que acudió al cementerio era gente corriente, vecinos del bebedor. Uno de ellos sacó una botella de Scotch Whisky del bolsillo y la vació junto a la tumba. Para el viaje... Tras poner la lápida, tres monjes budistas cantaron en un idioma que a todos les pareció extraño. Sean Penn, amigo del difunto, comentó en voz baja al poeta Gerald Locklin: “¿No saben que esto es América? ¿Por qué coño no cantan en español?”.




-ooOVERSUSOoo-


1994. Mi abuela doña Antonia tiró de todos. Era una mujer soberbia que trató a todos con mano de hierro con el mismo ímpetu espartano con el que condujo su vida. Una de sus pocas ilusiones, quizá la única, era irse al nicho en una buena caja.
Aquél día fatal y lluvioso la caja era tan grande que no cabía en el nicho. A última hora los albañiles picaron ladrillos y cemento durante mucho tiempo porque no había bahía para tanto ferry. La caja era más grande que el hueco. Solo yo hice chistes en voz baja después de portar su féretro y observar a los picapedreros entre paraguas y catiuscas.
Sus carcajadas, las de la vieja, inundaban Carriazo, lugar de vikingos. Nadie preguntó por el origen de mi sonrisa, tan solo me miraban y no escuchaban el eco entre los robles. Una vez más la señora se había salido con la suya y yo era su pregonero. Mi hermana vomitaba y los hijos de la ínclita se mostraban impacientes, confusos. Las vacas no dieron leche en cuarenta días y no dejó de tronar durante siete o así. Nadie era poeta entonces, ni  el espçiritu de mi maestro Montes de Neira.

2 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Vivan los ímpetus espartanosa!!!

Markos dijo...

No hay como ser único para que los demás miren con recelo y los menos con cariños sincero.
Salu2