martes, 8 de marzo de 2011

_TRUSKI.


Los dos eran amigos míos. Fernando era alto y delgado y Diana engullía gominolas sin moderación. Recuerdo que fue un martes cuando se conocieron, el sábado siguiente decidieron hacerse pareja porque observaron que tenían muchas cosas en común. Compartían ticks y maneras que nos asombraban a los conocidos. A diario sus gustos y comportamientos eran idénticos, si hacía frio se congelaban los dos y todos pensábamos, con lógica aplastante, que el mencionado encuentro iba más allá de la casualidad.
Con el paso del tiempo aquella simbiosis se convirtió en una norma, una fórmula insoslayable, una de las ideas más grandes de todos los tiempos.  En cada ocasión que nos cruzábamos en el bar, en el cine, en la calle, me sorprendía comprobar cómo en sus rasgos faciales iban apareciendo expresiones del otro. Durante un tiempo  me inquietó la sensación  de que no era el único que percibía tal acontecimiento.  Si me amenazas con apuñalarme estoy por confesar que ya no son dueños de sus huellas dactilares, su colonia, sus camisas, por asegurar que la gente se les queda mirando y que esa pareja es un potencial para que toda una especie haga un gran salto evolutivo.
Un día adoptaron un perro pequinés. Truski, el perro, a veces se me queda mirando y veo en sus ojos un álbum repleto de fotos de amigos perdidos. Ya no me tiemblan las piernas, ni conservo aquella agenda.

3 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Cada vez me cruzo con más gente en los bares. Suele pasar.

Necronomicón.net dijo...

Aúpa el cruce, incluso en los bsres.

Markos dijo...

Mientras no terminemos todos pareciéndonos a Paul McCartney...
La de cosas que se llegan a ver en los ojos de un perro y la de cosas bien contadas que hay en el relato.

Salu2