martes, 27 de abril de 2010

_RECUERDOS EN POMBO POR UN BOTELLÍN Y LA MUERTE QUE VENDRÁ.

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Aterrizo por primera vez en el país. Después de varios autobuses, un tren y dos taxis llego a un pueblo casi perdido. Me registro en un motel de mala muerte más que nada por darme una ducha y tumbarme un rato. No hay suerte, el baño está en tal estado que solo me cambio de ropa y bajo a la calle. Dejo allí las dos maletas sin deshacer, por la noche cogeré otro autobús hacia mi destino final.

Al pasar por la recepción me ofrecen un periódico y lo cojo, cruzo la carretera y me meto en una cantina. En el local no hay muchos parroquianos y es evidente que soy un extranjero. Pido una cerveza de nombre desconocido y rechazo amablemente el vaso. Me siento en una mesa, en la de al lado hay un tipo solo que habla con alguien que yo no veo.

Me pongo a leer. El diario es de hace tres días y las noticias están redactadas de una manera muy peculiar, aún así voy de una a otra entre curioso y sorprendido. Al cabo de unos pocos minutos y otra cerveza que amigablemente me acercó el señor que estaba tras la barra unas voces elevadas de tono me hacen apartar la vista del periódico. Hay dos ventiladores en el techo que giran lentamente y las sillas son de plástico publicitado.

Un tipo con una automática de gran calibre en la mano derecha simula un baile chilau en medio del local y se dirige a los parroquianos por su nombre. Tú fulano de tal cómo está tu madre, tu mengano de tal cómo están tus muertos. Los vecinos y el barman apenas le hacen caso, parece que aquello fuera algo cotidiano o sin importancia. Termino el botellín de un trago, como si fuera el último y bajo la mirada al periódico con la esperanza de no llamar la atención de aquél tarado. El paisano de la mesa de al lado continua hablando solo, dice no se qué de vacas y avellanos.

Dejo de escuchar los saludos altisonantes de aquel tipo pero no puedo quitar de mi cabeza su fotografía, un guardapolvos azul desteñido, una camisa que fue blanca desabrochada, varias cadenas de oro con medallas, una melena gris y grasienta, unas botas camperas.

_...Y el señoritingo que lee el periódico, escucho las palabras ahora pausadas, cercanas, al tiempo que el cañón de la 44 arranca los papeles de entre mis manos. El subnormal se sienta en la mesa del tipo que hablaba solo y que ahora calla y juega absorto con la etiqueta de su botellín.

_Eh tú ¿éste mató a Dolores? Le pregunta señalándome con el hierro el tarado de la automática al mudo de los avellanos.

Los clientes de la cantina continúan con sus cosas, un posible oficinista que bebe tequila, un ordeñavacas altivo que toma café, dos cultivadores, cuatro inclasificables. El señor de la barra, como ellos, ni se inmuta. Retomo el periódico con otra expectativa: que el bailarín armado sea el pirado del pueblo que suele acudir al bar a jugar con su pistolita de juguete y que ya cansa al personal que lo ignora.

Me levantaría a pedir otra cerveza pero me siento como la presa de un tigre, que si me muevo me ataca.

De nuevo aparta el panfleto de delante de mis ojos con el cañón del arma, esta vez lentamente y situado frente a mí. Levanto mi mirada y la fijo en sus ojos, son negros y están debajo de unas pobladísimas cejas grises y más arriba una cabellera gris amarilla que cubre su frente y las orejas, sin duda pasó la viruela por su careto moreno y sucio.

_¿No me contestas señoritingo?. Y pone la fría punta del cañón bajo mi ojo izquierdo. La montura de las gafas se acopla a la situación. Aparta el arma de mi cara y comienza a jugar con ella como si fuera un micrófono o una tiza que da clases de álgebra, el tipo mueve la cabeza espasmódicamente y los ojos negros van de una punta a otra de la cantina sin ningún sentido ni orden. Sigue ahí, diciendo cosas que no entiendo, reclinado para intentar echarme lo más posible su asqueroso aliento en mi cara, su mano izquierda sigue sobre la mesa y las camperas taconean el piso marcando un extraño tiempo. No sé en qué momento otro tipo vestido con lo que parece un uniforme se ha colocado a su espalda y lo apunta con un revólver. Una detonación, un golpe como un viento que tira mi cabeza hacia atrás y siento el calor de una salpicadura sobre mi rostro y pedazos de sesos, pelos y huesecillos que resbalan de mi frente y las gafas al periódico que está sobre la mesa.

_ Se apagó la luz carajo le escuché decir sin más muecas al uniformado.

Me invitaron a un botellín y nadie me impidió tomar el autobús de la noche.

7 comentarios:

fermonu dijo...

Buenas.

Bonito cuento. Algo siniestro, pero muy educativo.

Saludos.

supersalvajuan dijo...

otra cerve, por favor.

J dijo...

Se lo mandas a Tarantino, mete un par de maderfaquer, y peli al canto.

Alejandro dijo...

¡Dios! Como para pedir una tapa en ese garito.

Muy bueno. +

Markos dijo...

Que bien has aguantado la tensión, y el ambiente sucio y dramático.
Me ha gustado.
Salu2

M.C.P. dijo...

¿Oaxaca?
Creo que te debo un par de botellines.

Necronomicón.net dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios.