
Hay gente que tiene por costumbre “poner etiquetas” a los demás. Si ven a alguien con el pelo largo y los pantalones con la culera casi en las rodillas inmediatamente lo etiquetan como “conflictivo” o “drogadicto”. Ya está, el tipo a partir de ahí es un conflictivo y drogadicto. Da igual, no le expliques al “etiquetador” que el susodicho solo bebe agua y que es ingeniero de caminos canales y puertos. Si ve a alguien con la cabeza rapada (¡que comodidad!) inmediatamente entra en la etiqueta de “nazi”, “fascista” y “torturador”. No le expliques al “etiquetador” que el rapado es miembro de una asociación de ayuda a los animales abandonados, da igual, como tiene la cabeza rapada es un nazi. El “etiquetador” (también vale “etiquetista”) suele tener mucho tiempo libre. Te le puedes encontrar en internet o (principalmente) en un banco de cualquier plaza de España y el mundo mundial. Allí desde “su banco” mira compulsivamente, escrupulosamente, a derecha e izquierda intentando etiquetar todo lo que se menea, “a hacer retratos psicológicos” dice él.
Los etiquetadores suelen ser muy intransigentes y violentos con determinados temas, la gomina es un ejemplo. Si pasa por delante de “su banco” un tipo con gomina en la cabeza inmediatamente lo incluye en la carpeta de “fachas asquerosos”. Da igual que el engominado lo sea desde el 85, cuando usaba el tubo (entonces era un tubo) de Patrico, agitaba huelgas en colegios privados, corría delante de los grises y publicaba fanzines entonces subversivos, en el 79. Da igual que el tipo sea un incoloro contestatario que reparte un sueldo con distintas ONGs; para el etiquetador la gomina delata los instintos más básicos de un “despreciable facha”. Y punto.
El etiquetador (o etiquetista) es capaz de desarrollar todo un curriculum y biografía del etiquetado con solo un par de miradas. Ésta es una cualidad que ha desarrollado con la experiencia, con el paso del tiempo. Un buen etiquetador (uno de esos) puede irse a comer unas sardinas después de haber analizado de cabo a rabo el pasado, presente y futuro de tres nuevos etiquetados que pasaban por ahí. Generalmente almuerzan poco porque un buen etiquetista necesita una sesión de tarde libre de desagradables digestiones.
Una de las características del etiquetista (o etiquetador) es que es dueño y señor del civismo, de la cultura, de la biblioteca más gansa que viste nunca y del banco donde se asienta. Así es capaz de aconsejar al ingeniero de caminos canales y puertos que lea lo último de Mortadelo y Filemón. Otra característica de un buen etiquetador (de esos) es su habilidad para poner motes que reafirmen la etiqueta. “Mira, el nazi, el de los brotes verdes”. También es fundamental para su particular carrera ignorar la del etiquetado. Si el etiquetado se ha manifestado públicamente, mediante un blog, artículos de prensa, libro o chiringuito, el etiquetísta lo ignora y a otras pascuas. Su filosofía es: “ir p´a que, si el que no lee es él y el banco es mío”. Da igual que el etiquetista (etiquetador) pueda ser enterrado en cientos o algún millar de volúmenes (de los de papel), da igual que el etiquetado tenga 48 años, para el etiquetísta es un niñato consentido. Y punto.
La experiencia, y sobre todo la cultura, de un buen etiquetador le permite llamar violento o ignorante al etiquetado mientras se inventa (crea) su nueva vida que por supuesto él conocía, conoce y conocerá. No se recuerda en la historia de la humanidad una excepción a ésta regla. El etiquetador no tiene nada que ver con el crítico, su función social y su preparación son totalmente distintas. El etiquetador siempre es especulador (no sirve especulista, aunque sí “transformista”). Un etiquetador defenderá “su banco” con uñas y dientes con el rictus de quien tiene un bate de beisbol metido en el culo. Después de etiquetar y bautizar con mote invitará al etiquetado a alejarse más allá de los dos metros cuadrados que necesita para inventarse (crear, adoptar) una nieta o un amigo imaginario. Para un buen etiquetador la teoría de que algún día venidero las ratas evolucionarán hasta ponerse a dos patas no tiene sentido, ni existe. Los lunes y miércoles puede sentarse bajo una higuera, pero los jueves y sábados no. Un etiquetador, o etiquetista, desarrolla sus teorías, incluso sus conclusiones, basándose en frases aprendidas cuando la señorita Pepis le castigaba con repetir la cartilla de Rubio 4. Si el etiquetador es muy experimentado puede, incluso, acusar al etiquetado de lo mismo. Es capaz de crear su vida, de llamarle ignorante y de acusarle de usar frases hechas.
_Oiga, que yo pasaba por aquí.
_Te conozco, nazi de mierda, tu eres un tal y tal y tal y tal y tal y tal y tus padres son así, así así y así. Y además me comes muy mal.
El Gobierno de éste País de países, a mi entender, gasta demasiado dinero en ayudar a otros Países de países. Creo que nuestros desocupados, jubilados y etiquetístas deberían tener más oportunidades para entrar y participar en una liga nacional de petanca, mus, o bingo. Que la Wikipedia es inexacta en demasiadas ocasiones y que la nueva edición del Capitán Trueno no tiene el encanto de la censurada.
Pedir a la señorita- enchufada ministra de igualdad que proteja a los etiquetados es una utopía. Los etiquetistas (etiquetadores) campan a sus anchas con tanta o más impunidad que en la era franquista, sus habilidades son antiguas y observadas. Por mi parte con desprecio e ironía.
Y punto.